La adecuación del amor
Publicado: 20 de noviembre de 2015 Archivado en: pastiche 2 comentarios
‘el amor no es más que la adecuación insuficiente del otro en mí’.
Emmanuel Lévinas
es una mañana hermosa, de esas que deberían ser permanentes, ancladas. esta luz me encuentra una vez más leyendo. creo que en estas semanas leí como hacía tiempo que no lo hacía. tengo la suerte de ser lectora de personas talentosas y capaces pero sobre todo auténticas, alejadas de los manifiestos y las normativas, de las gramáticas muertas; vecinas de la emoción que atraviesa y que por encontrarse con esa libertad insufla en la inteligencia la capacidad de decir y decirse. sin embargo, a veces ser testigos no es suficiente y hay que arremangarse para poder también decirnos con los otros porque la palabra del otro, aunque nos contenga, navega siempre en la imposibilidad de precisarnos. por suerte.
encuentro, entonces, que para decirme en estos días, para decir algo que precise mis aristas de algún modo, tengo que hablar del amor. del amor que ha sido usado como figura de campaña, de la noción del amor instrumentalizada, como una pinza de mangos gastados de tanto dar vuelta las tuercas. y veo que la banalización descarnada del amor viene de un solo lado, del lado que nos propone ver la realidad -y por tanto vernos- como individuos que habitan la superficie de un mundo que puede cambiar y arreglarse con una sonrisa y un globo amarillo porque en el fondo somos muy poco, somos criaturas atomizadas y simples que pueden construir su vida sobre la satisfacción efímera de sus pulsiones. y si esto es así, si se verifica en la realidad como ya lo hemos hecho si queremos acordarnos, resulta que nos pega en la cara la certeza de que sobre lo efímero sólo se construye una parte ínfima de la subjetividad. el resto de las partes, las más importantes, las que nos hacen lo que somos, quedan abandonadas, entonces no pueden cruzarse con otras subjetividades, no tienen con qué. ahí es donde el bien común desaparece y nos explota adentro y afuera, nos estalla un país. no hay nada común que pueda construirse sobre lo efímero de la satisfacción. eso no es amor, eso es un Narciso disfrazado de cordero que jamás va a renunciar sus banderas y que no sabe nada de la entrega.
del otro lado hay otra cosa. pero la hay definitivamente, de manera real y concreta. del otro lado hay una noción de un otro, de una otredad que está destinada a cruzarse, a aparearse profundamente con las otras otredades, a vincularse con ellas de todas las formas posibles porque no puede hacer otra cosa. es constatar lo que es y estar en el mundo a partir de eso. es pertenecer a una historia de otredades cruzadas, de generación de espacios vitales para que eso ocurra. si existe, entonces, la consciencia del otro ya no hay lugar para la satisfacción efímera, recortada y amarrocada para sí. en esa consciencia se juega ya la satisfacción del otro tanto como la mía, se juega la necesidad de construir algo que perdure, un puente constante y mantenido entre nosotros y los otros para que podamos seguir cruzándonos y para que los que vienen tengan donde caminar. ¿es eso el amor? no necesariamente, no lo sé tampoco. pero sí sé que es una forma del amor. de un amor que es susceptible de ser instrumento pero que no es instrumentalizado. de un amor que no nos pone en un lugar de poquedad y pequeñez, que no nos distorsiona, que nos hace grandes. de un amor más… adecuado.
lo cierto es que no me importan tanto las figuras que hoy representen un lado y el otro. son eso, figuras humanas que desempeñan hoy esa función histórica como todos representamos la nuestra cada día. sí me importa lo que llevan consigo que es en definitiva lo que nos van a dejar. y llevan consigo dos formas del amor claramente opuestas, dos nociones del otro (que es la razón total de la existencia del amor) contrapuestas, diferenciadas. poder trascender lo figurativo es quizás una de las cosas más complejas que haya, pero necesito invitar(nos) a hacerlo, a entender lo que es de verdad el sustento de la Historia, lo que construye y lo que destruye, la forma del amor que está detrás de cualquier máscara que elijamos ser.
siempre fui peronista precisamente por eso. porque más allá de Perón y de Eva, más allá de Néstor y Cristina, hay una noción de la otredad que construye una tradición histórica instalando un loop en el que si veo al otro me veo a mí y eso hace que NOS veamos juntos. hay una forma del amor que dista profundamente de ser aquella que lo pueda definir, de ser totalizadora y perfecta, pero que es sin dudas mucho más… adecuada.
no somos simples y pequeños. no queremos ni podemos darnos el lujo de que nos distorsionen el amor y nos rompan adentro y afuera. somos siempre el otro del otro y nos necesitamos. por eso el domingo voto a Scioli.
aniversario
Publicado: 6 de agosto de 2015 Archivado en: pastiche Deja un comentarioel otro día (en una conversación de esas pocas con péndulo; de las que se mueven elegantes y autosuficientes entre los vaivenes de lo elevado y el maravilloso polvo de lo trivial) dije que hablar del espacio es casi como hablar del movimiento y que, en realidad, eso no es más que hablar del tiempo. se lo robo a Bachelard, está claro, porque en cada divague que más o menos valga la pena siempre está involucrado -como una condena geográfica- un filósofo francés.
hoy cumplo años y en ese acto paso una barrera que me permite nadar entre ciertas obviedades y tautologías por el simple hecho de que me voy convirtiendo cada vez más en una suerte de testigo de la memoria, de guardiana del recuerdo. ya han pasado muchas cosas, no todas, pero sí un cúmulo de cierta entidad que reclama su lugar a la manera proustiana, que exige la ocupación de un territorio profundo y fértil sobre el cual sostener los fotogramas del presente porque el futuro- oh, el futuro- no es más que la imposibilidad del ocurrir. ave, melancolía.
el tiempo, entonces, esa cosa indecible y filosa que va cortando la carne y cicatrizando el alma, produce sus epifanías de calendario evidentes pero a la vez se escurre de toda razón porque nunca deja, no puede, de ser lo que se estrella una y otra vez contra la realidad de la existencia. y, sobre todo, lo que esquirla violentamente los huecos de la posibilidad de la ausencia, de lo que se pierde. estuve, en este tiempo, ante esa posibilidad aún en el grito extremo de la pulverización que es la muerte. y mirándome las arrugas y detectando incluso lo que hay de belleza en que se te vaya cayendo el culo, no puedo más que linkear todo eso que llamamos burdamente vida con el único envase que le cabe, con el único envoltorio que nos permite la ilusión del conocimiento y la autoconsciencia: la memoria.
Zambrano dice que la memoria es al cuerpo lo que la poesía a la vida, es decir, la única manera posible de estar en el mundo, de ser un viviente ante la muerte. y decir la vida, parece, es lo que nos queda como pausa, como epojé ante el tiempo y su pulsión engañosa e insolente y oculta a plena luz del día. me gusta pensar la memoria como la estructura de la posibilidad, como el cristal de aquella copa que contiene el líquido rojo de lo que pasa por la experiencia y que, precisamente por la mediación de su esmerile, nos permite verlo, dimensionarlo. porque, como dice Nick Cave, siempre estamos volviendo a los espacios transitados que nos hicieron felices para poder reproducirlos mejor, para aggionarlos con nuevos amores y texturas y jirones de futuro.
pienso que guardiana de la memoria podría estar bueno como bio de tuiter pero prefiero reservármelo para esta revolución solar, para apuntalar todo lo que he hecho conmigo hasta aquí, es decir, lo que único que soy, y que eso lubrique el pestillo de mi ballesta arrojada hacia adelante, hacia la nada, hacia la muerte, hacia el colmillo del tiempo que, espero, me lacere y me rompa y me haga sangrar mucho más.
‘Todo hace el amor con el silencio.
Me habían prometido un silencio como un fuego, una casa de silencio.
De pronto el templo es un circo y la luz un tambor’.
Alejandra Pizarnik
Para Horacio
Publicado: 1 de enero de 2015 Archivado en: pastiche | Tags: Hamlet, Horacio, Salinas Deja un comentarioestamos de acuerdo en que los antiguos, a falta de internet y drones, disponían de mucho tiempo para pensar; la contemplación, el ocio, el espacio interior como valores con gran piné en la jerarquía. desde mi idealización romántica ese ‘mucho tiempo’ es una imagen de gran belleza, pero lo cierto es que incluso el exceso tiene consecuencias que acaban con el amor. un caso es el de los Fastos de Horacio, en donde afirma que es una ridiculez el hecho de que el año nuevo no comience en primavera. bueno, Horacio. yo entiendo que la lógica del renacer, de la ‘vid preñada’ y de la inauguración de una nueva fase del tiempo es casi irreductible. pero convengamos en que tus quejas no son más que el resultado de disponer del tiempo excesivamente. porque, claro, del otro lado de tu mundo el año nuevo no empieza ‘con estos fríos impiadosos para la vida’, acá estamos asados por el fuego de un sol que así como engendra, mata.
sé que falta mucho para que aparezca la polifonía, el perspectivismo y el ‘habitar las multitudes del sentido’, pequeñas marcas de historia que vinieron a reescribirte la tradición, lo sé. y que no puedo juzgarte desde ellas porque las ucronías metodológicas nunca han llevado a nadie a buen puerto. pero intuyo que detrás de tu reclamo se esconde lo que se nos esconde un poco a todos: la duda; si algo puede ser de otra manera, ¿por qué sencillamente no lo es? y vengo a contarte que, a pesar de los siglos y la sustitución constante de seres humanos, en eso -en la duda- estamos parados al lado tuyo mientras escribís tu Arte Poética.
en los inescapables balances del año viejo, de ese pedazo de mundo que queda atrás constituyendo lo único que somos, memoria, nos situamos en aquello que no fue de una forma determinada, que nos acomodó el sopapo certero e indiscutible de la frustración. a veces nos preguntamos por qué, otras no llegamos más que a rascar la piel percudida de la resignación. la incertidumbre (negación de la exactitud de lo cierto) nos atraviesa para atrás y para adelante, como una flecha sin punta, sin diana en la que penetrar, sin herida evidente. y así, el pasado se nos retipea en un loop acompasado pero imparable, en una pantalla a la que le damos la espalda y de la que sólo nos llega un ademán refractario de luz. la duda de la existencia como verdadera duda existencial…
hace un rato tuitié un verso que le atribuí a Pedro Salinas porque él me lo inspiró y porque miento abiertamente cuando el resultado de la contaminación no me convence. algo parecido a lo que vos hiciste con el pánfilo de Virgilio cuando eras aún muy joven. ‘ser como un niño cada vez que algo termina, deshacerse de amor y de odio y volver al tiempo’, dice. ese tiempo corrido del que vos hablás, esa temporalidad out of joint que hace que el año nuevo no empiece en primavera es, ahora y desde esta textualidad mía, mucho más coherente que en el primer párrafo. porque sí, en nuestra conversación imaginaria, tenés razón: el tiempo no puede ser más que lo excesivo de la existencia.
felix sit annus novus, Horacio.
Un poco de amor
Publicado: 24 de diciembre de 2013 Archivado en: pastiche Deja un comentario
Vengo militando en contra de la anti-navidad desde hace días. ¿Qué les pasa? Supongo que desconozco todavía los cruces vitales que hacen traspasar las barreras del cinismo y te instalan en el planeta sin agua de la imposibilidad. Y lo dice una cínica, fijate. Quizás no sea más que el apego a un momento trascendente del año que se dimensiona en clave profunda cuando estás muy lejos de todo. O la tendencia natural a darle entidad a una construcción propiciatoria de la celebración, de cierto regocijo que se escapa de la represión ante tanto sketch y simulacro.
La navidad tiene algo que ver con el amor, haya fe o no. Y el amor tiene algo que ver con vos, los digas o no. El amor es la neurosis más añeja; o es el sistema que no envejece nunca. Love goes on and on, aunque dudes. Y ‘la fe es la capacidad de soportar la duda’, dijo Kierkegaard. Entonces la fe y la duda también tienen que ver con el amor. Y al amor hay que bancarle los trapos aunque estén extrapolados de Santa Clauses rojococacola y renos imposibles, porque está ahí, porque te habla en tus otros, porque te junta.
[¿Hay un amor más grande que el haberse hecho carne? Tenés razón, dejame. Esos son mis amores].
I’ll have a blue christmas without you, dice Elvis, porque siempre hay alguien que falta. Poné tu amor ahí al menos. Trae las ausencias aunque te cagues de calor. Bancá un poquito de amor.
Porque esta noche vos y yo vamos a ser personajes del capítulo navideño de nuestra sitcom personal. Con algunos guiones repetidos, sí, pero también con alguna variación inevitable, un encuadre con un año más de tiempo. ¿Es que puede faltar ese capítulo? Ningún productor inteligente lo eliminaría. ¿Vos sos un productor inteligente?
Feliz Navidad, corazones. Y que el 2014 contribuya al buen funcionamiento del sistema aceitado del amor.
Cumpleaños
Publicado: 12 de diciembre de 2013 Archivado en: pastiche Deja un comentario
-Hoy es un día eterno-, pensó Malena frente al espejo, como se piensa cuando se trata de entender el imperio romano o la construcción de una catedral. La incomprensión de la posibilidad hace que todo pese mucho. Malena es una mujer coqueta. Se arregla con esmero, se detiene en los detalles, está convencida de que, sin un sentido estético, la vida no vale tanto ser mirada. Hoy es imperativo que ese esmero sea mayor. Necesita de todos sus recursos para afrontar el día y sentirse linda es uno de ellos, es su bastón narcisista.
Las mujeres saben que están particularmente guapas cuando pasan dos cosas: cuando en la calle las miran mucho otras mujeres y cuando, en situaciones de cierta aglomeración humana, la gente les hace lugar para que pasen. Son instancias imperceptibles, de una duración ínfima pero muy concreta. Ambas manifiestan una reacción ante el poder de un mensaje estético. Es casi como una reverencia involuntaria; la prueba de que el capital erótico existe y tiene siempre algo que decir.
Malena no es guapa, es atractiva. Esa categoría benevolente en la que cabe todo: el cuerpo, la mirada, los gestos, la manera de caminar, la ropa. La voz y la actitud terminan de dar forma a ese objeto de deseo en el que nos convertimos cuando somos mirados. Muchos agradecen la existencia de esa categoría como una suerte de dispositivo justiciero que equilibra un poco el reparto de riquezas.
Malena sabe que, en la explotación sabia de sus propios recursos, Madre tiene mucho que ver. No por haber hecho una pedagogía de ello, sino por el simple hecho de verla vivir. En realidad, Malena sabe muy bien que gran parte de lo que es se lo debe a Madre, es su primer gran espejo, su punto de referencia a pesar de ella, de ambas, a pesar de todo.
Malena vive a veinte minutos de su antigua casa, lo que provoca que se haya convertido en una prestidigitadora de excusas cuando de no ir a ver a Madre se trata. Es una experta en inventar historias y trabajar la verosimilitud, podría hacer un taller de coaching sobre eso. Y está convencida, por supuesto, de que Madre le cree todo. Como hoy.
El cumpleaños de Padre es inminente y tiene que pasar a verla para organizar la fiesta. Le dijo que tiene una hora solamente, que la tarde es una locura, que encabeza una reunión en el trabajo y sin ella no pueden empezar, que el viaje. Llorar la lágrima de la aceleración, su especialidad. Claro que en realidad tiene casi toda la tarde libre. A la reunión no piensa ir, sabe que todos van a desertar por lluvia o tránsito, tiene que leer pero solo puede hacerlo bien de noche así que no califica como ocupación diurna, limpiaría un poco el departamento pero no, piensa convivir hasta el sábado con esa mugre que todavía está en fase tolerable. En fin. Podría quedarse con Madre la tarde entera; cebarle mates, contarle cosas chiquitas, microrelatos de su vida, preguntarle cómo va con sus cursos, si salió con ese tipo que la mira con la misma cantidad de lascivia que de ternura. Pero hoy no. Hoy será como siempre. Mantendrán un grado de cordialidad filial aceptable, hablarán de la salud de Padre, de cómo necesita llamar su atención porque todavía está enamorado de ella, de que ella ya pasó por todo y no quiere nada. Harán listas, planes imposibles de cumplir, tomarán café fuerte y Malena saldrá expulsada por la premura de su tarde en colapso, saludando a Madre desde la puerta, con la mano, evadiendo el beso y el contacto.
-Mamá, abrime, soy yo-.
-Voy hija, dame un segundo que estoy hablando con tu padre-.
Malena piensa en las ruinas circulares. Esa imagen que tan bien representa su pasado familiar y a veces un atisbo de futuro. La repetición de las situaciones que giran sobre sí mismas como testigos de una historia rota pero no condenada. Lo circular le da esperanza, Malena es voluntariosa.
-¿Qué dice papá? No, dejá. No me contestes. ¿Hay café hecho?-.
-Sí, hija. Como siempre que me decís que venís. ¿Te quedás un rato, no?-.
-Mami, ya te dije. Tengo una reunión, tengo que leer, tengo que limpiar el departamento antes de que empiece a ponerle nombre a las pelusas. Seamos prácticas. Trae el cuaderno y empecemos a hacer la lista de las cosas que hay que comprar, los invitados, todo. La torta la hago yo, obvio. Y con chocolate, que a papá le encanta. Como a vos no te gusta, no la comés y listo-.
-Pero si la vas a hacer, hacela. No compres la cajita esa para hacer el bizcochuelo y me obligues a mentir cuando la gente me pregunte si es verdad que la torta la hizo mi hija. Yo te cubro igual, ¿eh? Pero avisame-.
-A ver, si vas a mentir de todos modos, ¿en qué te cambia saber si el bizcochuelo lo hice yo o no? No te doy esa información y listo. Para qué mentir-.
-Ay, hija, qué mal te hizo la Universidad Católica. Todavía no entiendo muy bien por qué elegiste estudiar ahí. La mentira siempre es útil. De hecho, hay pocas cosas más utilitarias que la mentira. Lo que ocurre es que, como todas las cosas interesantes de esta vida, la mentira exige cierta elegancia y en eso, mi vida, la herencia no te ha favorecido mucho.-
En Malena se empieza a activar ese dispositivo doble que conoce muy bien. Por un lado, se autoimpone una anestesia ante los dardos maternos pero, por otro, no puede evitar que cada uno de ellos la friccione sacándole pequeñas chispitas como si las palabras fueran una soldadora vieja que todavía funciona bajo presión.
-Bueno, vos ya sabés que yo no pienso cocinar nada. Compraré sanguchitos de pan integral que son los que le gustan y punto. Gracias si repaso la casa y saco las copas de mi abuela. A ver si esta vez podemos tener la fiesta en paz y sin bajas de cristalería.-
-Ya sé, mamá. Cocino yo, usamos las cazuelitas de barro y ya, tampoco vamos a ser tantos. Y yo limpio si querés. Además, la última copa que se rompió la estrellaste vos contra el piso cuando discutías que Jung fue superior a Freud. Te volvés loca con esas cosas y perdés toda noción social mínima. Por otro lado, ¿qué sentido tiene no usar las cosas? Me deprime mucho el hecho de saber que esas copas vinieron con mi bisabuela de Francia hace un milenio y que observan cómo todos nos vamos muriendo y ellas resisten el tiempo y la caducidad por sacar la cara dos o tres veces al año. Es un pensamiento triste que convierte la cristalería en cosas llenas de cinismo. No, hay que usarlas y que se vayan rompiendo.-
-¿Hoy no diste clases, no? Digo, porque se nota que necesitás pontificar algo, lo que sea, para cumplir tu cuota diaria de reflexión sobre cuestiones intrascendentes. Si hay más café servime una tacita, dale. Voy a llamar a sus primas que, por supuesto, no van a venir. Y a mi hermano, que tampoco. Yo cumplo, por si te pregunta. A Rodrigo y al resto de la gente la llamás vos, pero tiene que ser hoy, ¿me escuchaste? Podríamos decorar un poco la casa, se me ocurre. Y hacer una lista de tangos para poner de fondo-.
Malena sabe que en ese ‘podríamos’ está contenido el imperativo que va dirigido a ella. Siempre fue igual. El plural de la primera persona es para Madre el modo camuflado de dar órdenes sin que se note para que no la tachen de despótica. No lleva en sí la menor intención de colaborar con ese quehacer. Es como la palabra poética; se arroja al mundo para que el mundo haga algo con ella. El arrojante se desentiende en ese mismo acto.
-Sí, mamá. ‘Podríamos’. No te preocupes, yo llamo, hago el playlist y compro guirnaldas y esas cosas. Podríamos matizar un poco la cuestión del tango. Ya me cagaron la vida con el nombre, seamos más originales por una vez. ¿Mi hermana va a venir?-.
-No me hables de tu hermana. No sé nada hace días, ni un mensaje, ni un facebook, nada. Y no es que labure doce horas. Igual, la entiendo. Tener chicos te trastoca todo. Seguro que vienen, aunque sea un rato. Le mando un remis, de última. Cómo no van a venir. Sí, seguro que se pasan unas horitas-.
-Ya. Seguro. Bueno, hablo con ella para comprarle algo juntas. Me refiero a comprarle algo yo y regalárselo en nombre de las dos. En realidad es al pedo que le diga nada, compro el regalo y listo, total, seguro que los enanos le hacen algún dibujo al abuelo que le hará caer los mocos de la emoción, con eso basta. Es alucinante que cuatro palitos y tres garabatos hagan llorar a un hombre de setenta años que se dedicó a la política. En fin, no soy abuela, claro. No me respondas lo obvio, te pido-.
-No iba a decir nada. ¿Ves cómo sos? Hija, tenés que estar menos a la defensiva, es por tu bien. La neurosis paranoica y la pulsión culposa no te están ayudando mucho. Tenés que trabajar sobre eso, ya te lo dije-.
Malena siente cómo las chispitas van creciendo adentro, quemando cada vez más. Sabe también que cauteriza rápido porque, a fuerza de escuchar lo mismo reiteradamente, la ebullición dura menos y se controla. Cuando Madre le dice estas cosas le atrae mucho observarse y ver cómo en un mismo momento se puede amar y odiar tanto a una persona. Y cómo ella es capaz, o ha logrado, hacer prevalecer el control de la ebullición sanguínea por sobre el instante de odio matricida que la desborda.
-Mami, qué rico café. Sale mejor en esa cafetera cool que te regaló esa paciente. Sos re top, mami. ¿Puedo ser tu hija?-.
Los años no le vinieron solos a Malena y ahora sabe qué cuerdas tocar para que Madre se relaje un poco y suelte la bolsita de veneno que la protege. El humor entre ellas es otro nombre de la ternura. Un escondite en el cual se da el entendimiento aunque más no sea de manera efímera. Una cueva que las contiene a ambas en simultáneo, que les tapa la luz molesta de las verdades dichas a destiempo.
-¡Me hiciste reír, estúpida! Escuchame, sé que no vas a hacer ni la mitad de las cosas que dijiste. Sé también que mañana me vas a mandar un whatsapp para decirme que se te complicó todo, que no podés llamar a Rodrigo ni a esa gente, que llame yo. Que probablemente no puedas hacer más de un plato y que lo mejor es que compremos empanadas además de sanguchitos y que me pase por la casa de cotillón para ver qué hay. También sé que vas a traer la música y la torta, hecha con bizcochuelo de caja o no quiero saber, mejor. Y que hablarás con tu hermana para convencerla de que traiga a los nenes aunque sea unas horitas, que seguro hasta le dejás plata para el remis. Así que andá a la reunión, no te retrases, así podés leer cuando llegues y limpiar un poco. Llevate este chocolate que compre confundida, es con almendras y a mí no me gusta.-
Malena sabe, sabe con toda la posibilidad de certeza que cabe en un cuerpo, que Madre tiene razón. Que va a ser todo tal cual y que así debe ser porque así fue siempre. Ruinas circulares. Apura el fondo de café que le queda y decide hacerle caso e irse. Entonces, desde la silla en la que está sentada, desde un espacio que le es familiar y ominoso al mismo tiempo, se dispone a dar un heroico tijeretazo a ese cordón umbilical flexible, maleable, casi inmortal como de superhéroe y dice:
-Mamá, ¿por qué no te vas un poco a la mierda?-.
Se levanta rápido, manotea su tríada de celular, llaves, tabaco, las listas mal escritas y el chocolate y empieza a irse. Madre le chista bajito, como un pájaro pequeño. Malena se da vuelta. Se miran fuerte, muy fuerte por un instante… y se sonríen. Atraviesa el portal y sale a la calle. Las dos saben que la fiesta va a estar buenísima.
