inicio del viaje

están las palabras viejas, las adecuadas en su semia, adaptadas desde lejos a la correspondencia arbitraria de nuestra voluntad; están las torpes, las que sacuden los brazos intentando ubicarse a través de puntos cardinales desfasados, borrosos, que se escapan del mapa orográfico del sentido; están las adolescentes, caprichosas y cínicas de a poco ante la adultez del horizonte que nunca llega, crueles, sí, también más limpias e insidiosas; están las palabras graves, las voces de esas manchas de seguridad adquiridas en los charcos de la experiencia, salpicantes, sólidas, sin paraguas ni toallas porque resbalan ante todo; también están las que saltan, esos leds de alegría y futuro que bailotean siempre en ronda vestidas de blanco alrededor de la mugre, indiferentes a las otras, idas, desconectadas de la muerte; están las negras, las judías, las cristianas, las transgenéricas, las que postulan y pontifican sosteniendo historia y mundo, las aseverativas de ideas y militancias, miasmáticas como ladrillos de paradigma, inamovibles y destruidas a la vez; y están las palabras solas, protegidas de predicados y subordinadas, atentas y transversales, veloces como la transmisión de datos, eyectadas sin paracaídas, esas hacedoras de la lengua más primitiva, melaninas del huevo del mundo, quebradas y vueltas a nacer: las palabras mías, las tuyas, las que habitan la justicia de lo propio.

Nada se pierde con vivir, ensaya:
aquí tienes un cuerpo a tu medida
Lo hemos hecho en sombra por amor a las artes de la carne
pero también en serio
pensando en tu visita como en un nuevo juego gozoso y doloroso;
por amor a la vida, por temor a la muerte y a la vida,
por amor a la muerte
para ti o para nadie.

Eres tu cuerpo, tómalo, haznos ver que te gusta como a nosotros este doble regalo que
te hemos hecho y que nos hemos hecho.
Cierto, tan sólo un poco del vergonzante barro original,
la angustia y el placer en un grito de impotencia.
Ni de lejos un pájaro que se abre en la belleza del huevo,
a plena luz, ligero y jubiloso, sólo un hombre:
la fiera vieja del nacimiento, vencida por las moscas, babeante y rebosante.

Pero vive y verás el monstruo que eres con benevolencia
abrir un ojo y otro así de grandes,
encasquetarse el cielo, mirarlo todo como por adentro,
preguntarle a las cosas por sus nombres
reír con lo que ríe,
llorar con lo que llora,
tiranizar a gatos y conejos.

Nada se pierde con vivir, tenemos todo el tiempo del tiempo por delante
para ser el vacío que somos en el fondo.
Y la niñez, escucha:
no hay loco más feliz que un niño cuerdo
ni acierta el sabio como un niño loco.
Todo lo que vivimos lo vivimos ya a los diez años más intesamente;
los deseos entonces se dormían los unos en los otros.
Venía el sueño a cada instante,
el sueño que restablece en todo el perfecto desorden
a rescatarte de tu cuerpo y tu alma;
allí en ese castillo movedizo eras el rey, la reina, tus secuaces, el bufón que se ríe de sí mismo,
los pájaros, las fieras melodiosos.

Para hacer el amor allí estaba tu madre
y el amor era el beso de otro mundo en la frente,
con que se reanima a los enfermos,
una lectura a media voz,
la nostalgia de nadie y nada que nos da la música.

Pero pasan los años por los años y he aquí que eres ya un adolescente.
Bajas del monte como Zaratustra a luchar por el hombre contra el hombre:
grave misión que nadie te encomienda;
en tu familia inspiras desconfianza,
hablas de Dios en un tono sarcástico, llegas a casa al otro día, muerto.
Se dice que enamoras a una vieja, te han visto dando saltos en el aire,
prolongas tus estudios con estudios de los que se resiente tu cabeza.
No hay alegría que te alegre tanto como caer de golpe en la tristeza
ni dolor que te duela tan a fondo como el placer de vivir sin objeto.
Grave edad, hay algunos que se matan porque no pueden soportar la muerte,
quienes se entregan a una causa injusta en su sed sanguinaria de justicia.
Los que más bajo caen son los grandes,
a los pequeños les perdemos el rumbo.
En el amor se traicionan todos,
el amor es el padre de sus vicios.
Si una mujer se enternece contigo le exigirás te siga hasta la tumba,
que abandone en el acto a sus parientes,
que instale en otra parte su negocio.

Pero llega el momento fatalmente en que tu juventud te da la espalda
y por primera vez su rostro inolvidable en tanto huye de ti que la persigues a salto de ojo,
inmóvil, en una silla negra.
Ha llegado el momento de hacer algo parece que te dice todo el mundo
y tu dices que sí, con la cabeza.
En plena decadencia metafísica caminas ahora con una libretita de direcciones en la mano,
impecablemente vestido,
con la modestia de un hombre joven que se abre paso en la vida,
dispuesto a todo.
El esquema que te hiciste de las cosas hace aire y se hunde en el cielo dejándolas a todas en su sitio.
De un tiempo a esta parte te mueves entre ellas como un pez en el agua.
Vives de lo que ganas, ganas lo que mereces, mereces lo que vives:
eres, por fin, un hombre entre los hombres.

Y así llegas a viejo como quien vuelve a su país de origen después de un viaje interminable corto de revivir, largo de relatar,
te espera en tí la muerte, tu esqueleto con los brazos abiertos,
pero tu la rechazas por un instante,
quieres mirarte larga y sucesivamente en el espejo que se pone opaco.
Apoyado en lejanos transeúntes vas y vienes de negro,
al trote,conversando contigo mismo a gritos, como un pájaro.
No hay tiempo que perder, eres el último de tu generación en apagar el sol y convertirte en polvo.

No hay tiempo que perder en este mundo embellecido por su fin tan próximo.
Se te ve en todas parte dando vueltas en torno a cualquier cosa como en éxtasis.
De tus salidas a la calle vuelves con los bolsillos llenos de tesoros absurdos: guijarros, florecillas.
Hasta que un día ya no puedes luchar a muerte con la muerte y te entregas a ella, a un sueño sin salida, más blanco cada vez, sonriendo, sollozando como un niño de pecho.

Nada se pierde con vivir, ensaya: aquí tienes un cuerpo a tu medida,
lo hemos hecho en la sombra por amor a las artes de la carne pero también en serio,
pensando en tu visita
para ti o para nadie.

Enrique Lihn. ‘Monólogo de un padre con su hijo’. La pieza oscura. 1963.

[hermosa cortesía de @fander, gracias Jorge]


cartogra(phias)

se imprimen en mi ojos lágrimas de coltan porque no encuentro,

no intuyo, no consigo

dar con la aplicación que bloquee de una vez tu presencia viral

y desintegre mi yo tuyo

y la anacronía del cable que fuimos

y el lenguaje analógico en cortocircuito

y nuestro dial-up de fosa común

en partículas de datos mínimos,

de cifras cirílicas,

oh bendición, ya encriptadas para mí.


Bonita cárcel

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Se vive así, cobijado en un mundo delicado, y uno cree que vive. Entonces lee un libro (Lady Chatterley, por ejemplo), o va de viaje, o habla con Richard, y descubre que no vive, que está simplemente hibernando. Los síntomas de la hibernación se pueden detectar fácilmente. El primero es la inquietud. El segundo síntoma (que llega cuando el estado de hibernación empieza a ser peligroso y podría degenerar en muerte) es la ausencia de placer. Eso es todo. Parece una enfermedad inocua. Monotonía, aburrimiento, muerte. Hay millones de personas que viven (o que mueren) así, sin saberlo. Trabajan en oficinas. Tienen coche. Salen al campo con su familia. Educan a sus hijos. Hasta que llega una brusca conmoción. Una persona, un libro, una canción… y los despierta, salvándoles de la muerte. Algunos se quedan dormidos para siempre. Son como el que se durmió tendido en la nieve y nunca más despertó. Pero yo no corro peligro, porque mi casa, mi jardín, mi agradable vida, no consiguen arrullarme.

Sé que estoy en una bonita cárcel de la que solo podré huir escribiendo.

Anaïs Nin


To my little girl

En los últimos días -y desde registros un tanto negativos- me llamaron niñata, infantil y pascaliana radical.

En general, los emisores tienen algo en común: se hicieron adultos hace tiempo y no pueden ni quieren reconocerlo. Presos de un dualismo bastante anacrónico, entienden que la oposición adulto/niño es insuperable y, por tanto, trágica. Esto es cierto en un punto. La tiranía biológica es irreductible, está bien. Pero la pisquis no lo es y eso está mejor. En este sentido, creerse que uno lanza un dardo de negatividad sobre el otro al referirse a su costado aniñado es seguir debatiéndose entre dos extremos cuya distancia está repleta de matices que te estás perdiendo. Y es no ver al otro, claro, es negar la posibilidad de que esa carga negativa esté neutralizada por el que la recibe. ¿Y quién queda en medio de todo esto? Tu niño/a. Ese al que mirás obsesivamente pero al que has abandonado, creyendo que su pequeña estatura no cabe en tu mundo de obligada adultez en el que ya no quedan juegos con los que puedas entretenerlo. La oposición, así, se reactualiza en tu mente, en tus ideas e imágenes y te eleva hacia los vientos de la frustración más amarga como prueba de que los años, los golpes y las heridas crean la norma indiscutible que te obliga a deshacerte de ese niño y detener así la dinámica opositora.

Y lo más bello es que todo esto es imposible. Son estructuras internas que no pueden materializarse por completo en lo fáctico porque en definitiva nunca superás el binomio que creés opuesto. Seguís mirando tus emociones (ligadas a la figura del niño) desde el pedestal de arena de la razón, para infligirles laceraciones quirúrgicas y correctas que domestiquen esos impulsos raros y entrometidos. Todo lo cual se desarrolla en un movimiento un tanto esquizoide: no soy ni quiero ser un adulto-tampoco soy ni quiero ser un niño-pero el tiempo pasa y debería crecer, entonces me deshago del niño y de sus emociones-pero eso me jode profundamente y me frustra pero lo hago igual. Cuando en realidad sos las dos cosas en un tiempo que nunca deja de ser, que solo deviene y que tiene previsto un espacio en el que quepan tus juegos y tus gafas cómodamente, -o mi animalario, mis lágrimas neuróticas y mis artículos académicos en inglés-.

«Así surge el Niño como la figura de una subjetividad que se trasforma, una co-implicancia creativa del cuerpo y la razón, o mejor, la corporalidad que inventa infinitos sentidos lúdicos a esa razón. Además, el niño se sale del anquilosamiento del imperio y la determinación de la norma, puesto que libera potencias desestructurantes en el tiempo y desempeña la actividad lúdica como forma de libertad. Es decir, transvalora, creando nuevas reglas de juego en cada impulso vital que es trágico a la vez. No conozco ningún otro modo de tratar con tareas grandes que el juego: éste es, como indicio de la grandeza, un presupuesto esencial».

En fin. Sostengo que si la gente leyera más a Zambrano y a Nietzsche me ahorraría horas de charla y explicaciones del tipo autojustificativas y de otros tipos, porque sin dudas sería mucho más fácil que entiendan por qué determinados «insultos» no dan fruto conmigo. Y por qué otros harían florecer un cerezo entero.

Little girl blue -Janis Joplin


Dame esa navaja

Hace unos días se me acerca un alumno de esos que lee y me pregunta si vale la pena lo que sostiene en su mano izquierda. Habíamos hablado de las Bildungsroman un poco en clave de humor, como riéndonos de algo anacrónico pero interesante. Está en esa búsqueda, quiere, necesita escribir. Dice que tiene que construirse, que sabe de la existencia de ese proceso íntimo y colectivo a la vez. Y que de cara a lograr semejante objetivo entiende que tiene que leer mucho. Le digo, corazón, ¿qué te dan en tu casa? Me responde, mucha carne, mi vieja es una mujer proteica.

Intento observar a Ezequiel desde distintos lugares. A veces me concentro mucho y se nota que le presto una atención sospechosa. Me da igual. Me interesa cómo va configurando su narciso, cómo moldea su ego frente a los otros, frente a mí, frente a tipos como Cortázar. No recuerdo nada de ese proceso en mí. No al menos de cuando tenía esa edad. Pero presiento que a él le pasará lo mismo dentro de algunos años, que sólo recordará lo que leyó, lo que devoró con dientes recién estrenados que le permitieron masticar fuerte, casi lastimándose las encías. Me gusta Ezequiel. No es ni remotamente consciente del estímulo que genera a su alrededor. Será un writerstar, pongo la firma.

Mirar ese narciso work in progress me devuelve al mío; movimiento especular siempre que exista un otro. Y tengo una sensación clara, física, como erótica. Un toque triunfalista. Mi narciso sabe a estas alturas que puede morir y resucitar las veces que haga falta. Hemos acordado una suerte de autonomía redentora que por ahora nos viene funcionando bastante bien. Sé también que el deseo es efímero, temporal. Que la erótica del ego es contingente, al menos para mí. Y que los triunfos son pasajeros, como en el tango. Pero reconozco una construcción íntima hecha a fuerza de experiencia y palos y clavos y maniobras de resucitación. Y desde ahí cada partido es una final. El narciso vivo y muerto reiteradamente es la condición de posibilidad del triunfo. Ezequiel lo verá, estoy segura.

Por cierto, aquello que sostenía en la mano izquierda era Al filo de la navaja, del espía William Somerset Maugham. Librito que mi viejo me puso en la mesa de luz más o menos a la edad de Ezequiel, una suerte de Bildungsroman aristocrática y elegante que poco tiene que ver con la realidad y que por eso es fascinante. Años después supe que Anthony Burgess reconocía a William como una de sus grandes influencias y que llegaron a representarse en simultáneo más de cinco de sus obras en Londres, tipo presagio paranoico de industria cultural libremercadista. Pero a Ezequiel no le dije nada de todo esto. Que reconozca el filo de la navaja ya es bastante. Quizás le sirva para lacerar esas libras de narciso que a todos nos vienen sobrando.