Routes

Como decía Jack Kerouac, la vida es un país extranjero… Aunque te afinques entregándote, nunca va a ser del todo tu hogar. Sin avisar, cualquier día, sale al ruedo la radical otredad para recordártelo, para que sepas que cuanto más cómoda te pongas en ese sofá raído y confiable, más se van a desestabilizar los resortes.

Entonces, mirando pasar la carretera por la ventana, entendés que preocuparse por el eventual desplome del sofá es como un grito desaforado en un mundo de sordos, como un pictograma en mitad del alfabeto griego. Y te elevás. Te elevás por encima de las ruedas del Impala que ya no te llevan tan lejos, que no friccionan tan fuerte… Comprendés que llega un punto del camino en el que ya no existen juicios de valor. Que sos lo que sos y lo que te has hecho. Y que eso, mi querido Jack, es más que suficiente.

Hay rutas en las que poco lugar queda para los pygmaliones que andan sueltos, ya no les das un aventón aunque sepas lo estimulante que puede llegar a ser. Porque has dejado de mirar el dial de la radio manual en busca de la frecuencia más nítida, para sacar la cara por la ventana y que el viento te golpee tan fuerte, tan recio, que no necesites más estímulo que sentirlo en la piel.

Sabías que a Jack no le gustaban las galateas y ahora sabés que a vos tampoco. Que aunque te deshagas como arcilla húmeda, seguís teniendo un molde en el que reoriginarte, ése en el que, según él, explotás igual que arañas entre las estrellas hasta estallar en una luz azul…. en medio de la carretera.


E&T

Cada día me sorprende la cantidad de ventajas que tiene interactuar con la gente. Ya se sabe que a mí la gente no me gusta, por lo cual la sorpresa hace zas y pega de lleno. Como la Tigresa Acuña, vamos.

En la peluquería de Estela (que bien podría llamarse Nelly, Cristina o Norma, you pick), las manos se desquician haciendo volar las tijeras, los espejos, las tinturas. En un caos ordenado de renovaciones estéticas, Estela dirige las conversaciones como un Rasputín en la sombra, diciendo más bien poco, sin dejarse ver, camuflada. Y desde la distancia que me otorga el silencio -porque mientras leo Paparazzi-, desenchufo los ojos y me dedico a escuchar.

Observo que hay dos temas nucleares diseminados en casi todos los diálogos: el amor… y la muerte. Se manifiestan en forma de relaciones de pareja y enfermedades, disputándose el protagonismo en un vaivén entre romántico y escatológico que, mezclado in situ, parece una obra dramática posmoderna, con desnudos y todo. Apabulla.

Vuelvo al relato de la ex-mujer de Rial, pero esta vez desconecto los oídos y me subo a un barrilete que me lleva bien lejos. Y recuerdo al dios griego Hipnos, que me guía por esos vientos y me lleva frente a su hermano gemelo Thánatos. Y ahí la veo a Eros, guapa, pícara como niña que ha dejado de serlo, vibrante. Recuerdo entonces que estamos atravesados por esas fuerzas que veo desafiarse, pegarse piel con piel, aborrecerse. Que somos seres para la muerte y que, por eso mismo, lo somos para la vida. Que al final nuestras conversaciones -que no son más que la comprobación de esa vida- giran alrededor del venir siendo, del ir llegando. Y eso Estela lo sabe bien. Por eso nos deja hablar sin condiciones; nos deja navegar empujando calladamente el timón, nos deja guapos para que podamos salir al encuentro de lo que es.

Vuelvo a casa caminando lento. Sé que E&T me siguen, me sobrevuelan siempre… Y pienso que el punto caramelo del ahora es que se lleven bien mientras estén conmigo, que no prevalezcan individualmente. Que no se esconda Eros en las ánforas de Dionisio, ni que Thánatos se haga invisible como Hera. Que estén presentes hasta en la peluquería, poniéndole onda al existir.


«No todos los ojos lloran el mismo día»

Con esa maravillosa frase, mi amiga C. redujo the neverending story a un segundo de sabiduría precisa y luminosa.

Me la imagino pintándose las uñas con una concentración de cirujana cardiovascular, mientras que con el otro oído (sí, hay que usar uno cuando una se acicala) está pendiente de las notificaciones de su whatsapp y de las nuevas irracionalidades que dice Cospedal en esa radio que ya dejó de ser del pueblo. Estoy viendo sus muecas indignadas de madrileña gata; su ceja derecha desquiciada y el movimiento de hombros enojados que heredó de una tierra ancestral. Oiga, mire usté.

Y pienso en todos los ojos que tenemos, en todos los que pueden llorar, aún cuando no sabemos que lo hacen. En los ojos de los otros, de los que sostienen a pesar de todo, en las ventanas de esas almas que se fueron y de esas que se quedaron. En la sal profunda que se derrama, que nació en el mar, que se evapora sin más y se renueva cuando ya no la queremos, a pesar de no quererla, tenazmente.

Y me digo que de llorar sé bastante… Pero no tanto. No lo suficiente. Nunca es mucho. Hay que aprender a llorar; con técnica se hace mejor, como todo. Hay que saber por qué o saber que no se sabe. Hay que ser valiente, una vez más. Ir a buscar esa sal al abismo del lecho marino y traerla a las trompadas para que te empape el rostro. Para después secártelo con la dulzura y la calma de la verdad.

Porque como dice J. R.: «no tenemos afán para ir a las raíces de nada, pero nos sobra para decorar las consecuencias»; asediada estoy por sintetizadores hábiles…

Y así rodeo la forma de la lágrima para volver a la frase de la rubia con más entendimiento. No todos los ojos lloran el mismo día.


Un lugar en el cielo

«Ya no duele el frío que te trajo hasta acá… Ya no existe acá… No existe ese frío que te trajo».


Equipaje alfabético en tercetos III

Dicen que no existen la casualidades y me convencieron. Me dijiste que hay que bailar al son de Cuba y tomar gintonics y tampoco lo dudé. Me abrazaste fuerte sin soltarme todos estos años, precisamente cuando el mundo giraba a mi alrededor vertiginosamente en un cuarto de la sierra madrileña. Miré tu lucha y tus ansias para que se me pegaran como una segunda piel. Me atreví con vos en medio de tu coraje para cambiar las vías con el tren en movimiento, y me llené de orgullo. Me regalaste el significado de aceptar y aceptarse, de seguir adelante separando las aguas que se han llenado de toxinas. Me guardo tu temperamento, tus gestos inconfundibles, esos padres maravillosos y un francés exquisito para las noches de fiesta. Sé que estarás ahí, con tu té y tu jazz, y yo aquí, con mi Françoise Hardy, atravesando distancias, toujours.

Me supo a poco todo, que lo sepas. Se me hizo corta tu mirada transparente y tus piernas interminables, los colores de tu bici y el sentido práctico y real del mundo que seguimos destruyendo. Del artista hay que observar la obra para ver su alma, dicen. Y así es, en tus fotos, en tus anhelos, en tus lágrimas está todo contenido. Caminando por la playa me llevaste al sector más bello de la soledad, avivaste la llama femenina que nunca debe apagarse, soplaste con el viento de la calma mis arrebatos y mi enojo con el mundo entero. Nos veo en ese último picnic, al sol del Manzanares, listas para dar y recibir lo que somos, listas para aferrarnos al impulso más de adentro, a la vida misma que fluye en tu cintura adornada de guirnaldas. Quiero verte así y que te quedes conmigo.

Recuerdo cuando me dijiste que mi vuelta te enfrentó a la realidad del cariño inmenso que se empezaba a configurar entre nosotros y que de pronto, recién estrenado, se las tenía que ver con una despedida. Recuerdo también de qué manera amarga se me anudó el pecho con tus palabras, porque era inevitable dejarse atrapar por la impotencia, por esos huecos vacíos horribles a la vista, precisamente cuando uno sabe que tiene con qué llenarlos. Me quedo con esto, entonces, como el consuelo de estar armando juntos una historia que se nos quedó de patas cortas. Cortas pero fuertes para esquivar los baches de Buenos Aires de tu mano, clara como el cielo y adulta como la fe. Agradezco, como te dije, esa cercanía que se abrió entre nosotros, como un misterio, desde el primer abrazo. Te espero en estas calles que amás tanto, vos esperáme en esas que también adoro.