Equipaje alfabético en tercetos

Después de Adele, retomo la promesa de la serie Equipaje de mano. postergada pero nunca olvidada. Acá van de a tres mis homenajes… Sabrán disculpar que no sean endecasílabos ni tercetos de verdad. Pero sí tienen alas y ya no son míos. Como decía mi amigo personal Ludwig Wittgenstein: Todo lo que en absoluto se puede decir, puede decirse con claridad, y de lo que no se puede hablar, sobre ello debemos guardar silencio. Hablo entonces de mis amigos, diciéndolos para mí.


El pedacito más lindo de Argentina, el más alegre, el que aguanta como una roca sin aristas los vaivenes de la envidia y la dificultad, ésa es ella. Con una mirada sin tiempo ni espacio porque de sus ojos surge esa claridad que derriba desamores y pesares. Porque siempre ha dicho que sí a todo, de verdad, con una fe reveladora y hecha carne. Contra el optimismo radical y estéril, a favor de la aventura y el reflejo honesto de uno mismo que, frente al espejo, siempre está solo. Me guardé su fidelidad y honor a sí misma, me la llevé conmigo.

¡Cuánto nos faltó! Me llenaste de risas y de belleza, de los gestos flexibles de tu piel joven y temeraria. De una apertura que lo quiere todo pero que solo deja entrar aquello que se atesora en lo más profundo. Sos una primavera permanente, completa de margaritas y libros, sin bichos, no. Completa de sabiduría y honestidad que es lo que te sostendrá el resto del camino. Me llevé tu audacia, tus ojos donativos, tu inteligencia. Se quedó conmigo el saberte compañera y quererte en mi vida.

Nos dimos de a poco, como todo lo bueno, uno al otro. Me diste lecciones del sabor de aquello que aparece naturalmente, como las arrugas y los años. Nos dimos nuestras diferencias como fuente de cariño y confianza, en forma de una intimidad masculina que me hacía falta desde otro lugar, que me hacía más yo. Me hice alumna de todo lo que te apasiona y no me dio vergüenza contarte algo de lo poco que sé. Que ahora es más porque te llevo conmigo, pase lo que pase.


Rolling in the deep

See how I leave with every piece of you
Don’t underestimate the things that I will do
There’s a fire starting in my heart
Reaching a fever pitch
And it’s bringing me out the dark


Equipaje de mano

Cuando se emprende un viaje transoceánico con aire de mudanza se nos activa un mecanismo lógico que desconocíamos.  Nos damos cuenta de lo que realmente significa la noción de espacio y despreciamos el valor puramente nominal que veníamos dándole.

Lo primero que se nos hace evidente es que no poseemos ningún recipiente adecuado para la cantidad de cosas que queremos llevarnos. Simplemente no existe y hay que aceptarlo con dignidad. Por consiguiente, activamos ese mecanismo discriminatorio (que todos llevamos dentro) y comenzamos a deshacernos de cosas varias, en una suerte de actitud abandónica que nos sorprende por reveladora. Nos vamos despojando, tan simple como eso. Y vamos entendiendo.

Así, en ese proceso con el que nos vamos familiarizando, tenemos cada vez más claro qué nos llevamos en lugar de darle entidad a aquello que estamos dejando. Lo que se va con uno es lo que de verdad ocupa un espacio que es, ya digámoslo, insustituible.

Por eso empiezo esta serie de entradas a las que llamo Equipaje de mano, para dedicar un guiño personal y único a lo que realmente ocupa lugar. A los mundos particulares que representan las personas que nos construyeron en un tiempo determinado del camino. Y que nos llevamos como las joyas o los documentos que nos acreditan, junto a nosotros, a nuestra vista, cerca, en el regazo íntimo que no queremos darle a nadie ni que nadie toque. Que es nuestro para siempre.


La Ida…. y la Vuelta

That’s it? Me preguntó J. anoche. Yes. Poco que agregar cuando las afirmaciones están bien puestas.

Llegó el momento, el tiempo, el ciclo, la cosecha…. Pero nada queda atrás. Se va todo conmigo. Me lo llevo. De hecho, me llevo tanto que el corazón me pesa. Le cuesta latir a ritmo. Está ancho de recuerdos y se agranda para los que vienen.

Me encantan las listas, lo saben. Me satisfacen muchísimo. Pero mi España no cabe en una lista. No hay manera de que encastre todo lo que siento en viñetas deslucidas de palabras que al final no dicen nada. Me abstengo, sí señor.

Me preguntan muchas cosas. Respondo muy pocas o casi ninguna. Es que no hay nada que explicar. Como la bella Zambrano, dejo mucho de lo que me traje y me llevo un mundo. Un país, un continente entero.

Arranca la vuelta. Ese volver que completa el círculo de un comienzo que viene empezando hace ya casi seis años.

Gracias a esta tierra maravillosa que me dejó sostenerme en ella, hoy lleno las maletas con la vida. E inauguro una nueva ilusión: no romper nunca la historia circular del ir y del venir; no instalar la ida ni la vuelta en un punto específico para que no puedan juntarse y anularme la esfera. Eso quiero. Que todo sea redondo. Que no se acabe.

Creo que ya empecé a cumplirlo.


The spoiled generation

Doña Pilar es una fuente de sabiduría inagotable. Es la primacía absoluta del sentido común, cuya cara amable arrecia entre los cartones de leche, el pan recién horneado y las coca-colas del almacén que regentea muy digna en frente de casa.

Tiene una hija que es funcionaria, que nadie puede echar a la calle y que, por tanto, se ha comprado un chalet de trescientos mil y pico que viene sin cocina ni muebles ni rejas en las ventanas que eviten la irrupción de barriobajeros amigos de lo ajeno (y el mal dormir de su madre).

La niña no gana poco, pero tampoco tanto. No tanto como para pagar la entrada del chalet, los tres primeros años de la hipoteca, los electrodomésticos de colores delcorteinglés y, por supuesto, las rejas de las ventanas. La pobre… y la crisis.

A Doña Pilar y a su marido les gusta ir a comer fuera de domingo en domingo, tomar el aperitivo y visitar a la familia de un pueblo de Salamanca. Pero es lo que tiene llevar adelante el negocio propio; hay que trabajar de sol a sol, de domingo a domingo.

Una o dos veces al mes, Doña Pilar le pide a su hija funcionaria que atienda el almacén en domingo para que ella y su padre puedan ir a comer fuera, tomar el aperitivo y, si el tiempo es indulgente, hacer visita relámpago a los primos de Salamanca.

Una o dos veces al mes, la niña le responde que quién la obliga a abrir los domingos, que es una fanática de la tienda y que a su edad más le valdría estar jubilada y hacer con su tiempo lo que le plazca. Al fin y al cabo, debería agradecer el hecho de no tener que mantener más a los hijos, que se han buscado la vida y tan bien les ha salido.

Doña Pilar suspira, frunce el ceño y me desea un buen 2012, mientras me pone el pan en una bolsa y esconde un polvorón de regalo, relleno de sentido común y de nostalgia.